18 abr 2010

PARTE III

Hay 6 personas que hacen cola delante de una mesa. Me pongo al final de la cola y observo dónde estoy:

Detrás de la mesa se sienta una mujer gitana, obesa, de unos 40 años. Tiene un pelo negro largo, muy recogido y peinado hacia atrás.
Junto a la gitana obesa hay una mujer. Su rostro está tan demacrado, tan envejecido, tan golpeado por la vida, que me resulta imposible determinar su edad: puede tener cualquiera entre los 30 y los 50 años. Es muy delgada, tiene el mismo aspecto que una chica adolescente anoréxica que un día decide dejar de comer como parte del enfrentamiento entre su subconsciente traidor y su madre. Está de pie junto a la gitana, recortando trozos de bolsas de plástico y observándonos. Entonces me doy cuenta de que es una de las esclavas de la gitana: una adicta a la cocaína o a la heroína que vive en el poblado y que para conseguir su dosis diaria se pasa el día entero realizando pequeñas tareas para el clan gitano para el que trabaja. Algunas esclavas se pasan el día preparando los trozos de plástico para hacer bolsitas donde se guarda la droga, otras se dedican a hacer que la cola de gente que se forma frente al gitano o la gitana que esté vendiendo en cada momento esté siempre ordenada y, sobre todo, que jamás nadie roce siquiera la mesa donde estén vendiendo. Si te acercas más de la cuenta a la mesa, enseguida la esclava te dirá que te apartes y que no la toques. Otros esclavos se pasan el día recogiendo trozos de madera por los alrededores que terminarán en alguna estufa estilo Freddy Krugger o en alguno de los cubos de basura del exterior. Son como zombies que viven (y probablemente también morirán) allí.

La cola va avanzando. Las personas que me preceden van pidiéndole a la gitana la cantidad de cocaína que quieren comprar y de qué tipo la quieren: no es igual la cocaína para fumar que aquella destinada a esnifarse. La que es para fumar se denomina “base”, y la que es para esnifar se denomina “cruda”. Así que van pasando, uno a uno:

- Dame uno de base

O bien:

- Dame medio de cruda

Todos piden base. Quieren fumarla.

Pasados unos instantes, llega mi turno. La gitana está sentada justo delante de mí. En la mesa hay una balanza digital de precisión y dos trozos circulares de lo que en algún momento fue una bolsa de plástico entera, abiertos y extendidos sobre la mesa. En uno de esos trozos circulares de bolsa, hay varias piedras de cocaína cruda, para esnifar. Calculo que habrá unos 100 gramos, unos 5000 euros. Justo al lado, en el otro trozo de bolsa, hay una cantidad mucho mayor de base de cocaína: se parece a la cruda, pero su color es distinto, es como si fuera más transparente, y tiene un aspecto más humedecido que la otra. Al lado de estos trozos de bolsa hay un montón con docenas, quizás cientos, de otros trozos similares, aunque más pequeños. Con el paso de las horas, todos esos trozos se convertirán en pequeñas bolsitas como la que sujetaba la persona que vi en el pasillo.
Me mira, y con los ojos me pregunta qué y cuánto quiero:

- Dame medio gramo de cruda

La gitana coje una pequeña cuchara blanca de plástico, y la introduce en el trozo circular de bolsa donde está la cocaína para esnifar. A continuación, deposita el contenido de la cuchara sobre la pesa digital, y mira cuánto señala ésta. La cantidad que ha cogido la gitana a ojo es casi exactamente 0.5 gramos. Pero no llega, así que vuelve a meter la cuchara en el trozo de bolsa y esta vez coge una minúscula piedrecita de coca, que coloca de nuevo sobre la balanza. Ahora sí, señala exactamente 0.5 gramos. De forma mecánica, como si fuera un robot, como si hubiera hecho lo mismo miles y miles de veces antes, la gitana acerca su mano al montón de trozos de bolsas que tiene a su lado y coje uno de ellos. Después, con cuidado, arrastra con la cuchara la cocaína que todavía reposa sobre la pesa digital y la echa dentro de la bolsita de plástico. La enrrolla rápidamente y me la tira encima de la mesa. Hacía rato que en mi mano escondía los 30 euros que tenía en la cartera, así que se los dejo encima de la mesa y salgo de la habitación.

Vuelvo a recorrer el mismo camino que recorrí unos instantes antes, esta vez sin mirar a nada ni a nadie: sólo quiero llegar al coche y ponerme una raya. El frío me reconoce y vuelve a mi lado. No quiere que me olvide de él. Después del calor de la estufa, ahora el frío es todavía más intenso que antes. Acelero, atravieso puertas, el pasillo, salgo al patio, espero a que la persona que está al lado de la verja de entrada dé la señal al que está fuera vigialando para que me abra, y salgo corriendo fuera. Llego hasta el párking y entro en el coche. Está helado.

Las manos me tiemblan por el frío, pero da igual: saco la bolsita con la cocaína del bolsillo. Le doy a un botón que hay bajo el salpicadero del coche y se abre una compuerta. Saco los papeles del coche que hay en su interior y los coloco sobre mis piernas. La carpeta en la que están guardados los papeles tiene una superficie lisa y es perfecta para lo que quiero hacer: abro la bolsita y echo una buena parte de su contenido sobre los papeles del coche. Mi corazón late deprisa: la Voz está ansiosa, desesperada, expectante, sabe que está a punto de sentir la descarga de neurotransmisores de la dopamina que lleva tanto tiempo pidiéndome a gritos.

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