Llego a mi destino. Ante mis ojos hay una carretera que se extiende hasta el fin del mundo. A ambos lados de ella hay chabolas con el techo de uralita. En la entrada de cada chabola hay cubos de basura ardiendo, y rodeando cada cubo hay grupos de 2 ó 3 personas con los brazos extendidos que acercan sus manos al fuego buscando el calor. A medida que voy avanzando con el coche, miradas de rostros iluminados por las llamas y provenientes de los infinitos contenedores se fijan en mí. No les gustan los extraños. Pero conocen mi coche, no suelen verse muchos coches deportivos en el poblado, y además he ido docenas de veces antes. Así que las miradas son sólo fugaces y enseguida vuelven a perderse en el vacío. A pesar de que es muy tarde, me cruzo con muchos coches, sucios de barro y conducidos a toda velocidad: nadie quiere permanecer mucho tiempo en este lugar. Eso les recordaría que su vida es una mierda y que son drogadictos. Así que se van lo más deprisa posible y después es como si jamás hubieran estado allí, como si todo hubiera sido una pesadilla: una pesadilla recurrente que mañana volverá a repetirse.
Tengo que tener mucho cuidado con el coche porque el asfalto sobre el que se posa está lleno de baches y de agujeros enormes. No he visto otra carretera en tan mal estado en ningún otro sitio antes que éste. Pero ésta es la Carretera del Fin del Mundo. Aquí todo es igual: todo está olvidado, abandonado. Es casi como si no existiera. Pero existe. Por desgracia para mí.
Llego a la chabola a la que voy siempre. Es donde tienen la mejor cocaína de todo el poblado, o al menos eso dicen. Esta chabola tiene, además, otra ventaja: dispone de un parking, justo detrás. Igual que en un centro comercial. Incluso tiene una especie de aparca-coches que te indica dónde debes dejar tu vehículo. Entro en el párking. Por todas partes veo coches aparcados con la luz de dentro encendida. Habrá unos 20. Observo el interior de algunos de ellos: a través de los cristales cubiertos por el frío sólo veo rostros cuyas bocas se aferran a pipas metálicas. No son ellos los que sujetan la pipa: es la pipa la que los agarra a ellos. Sus labios las atenazan como si no fueran a soltarlas nunca. Una mano la sujeta mientras la otra mantiene un mechero encendido cuya llama aplican sobre ella. Cada vez que absorben el humo que atraviesa las pipas van consumiendo un poco más de su contenido. Y de sus vidas. Cada calada es un intento más de olvidar. Un intento de no-sentir. Un intento de ser lo que no son. Un intento de mentirse una vez más a ellos mismos. Y un paso más hacia el fondo del pozo de su existencia.
En lugar de esnifarla, la mayoría de las personas que vienen aquí lo hacen para fumar cocaína. El efecto es mucho más fuerte y además es inmediato. Los pulmones están directamente conectados con el flujo sanguíneo, así que las moléculas de cocaína no tienen que propagarse a través de la mucosa como cuando la esnifas, y sientes sus efectos en cuestión de segundos, mientras que al esnifarla tardas unos 10 minutos. Pero hay un problema: la cocaína fumada es increíblemente adictiva. Mucho más que cuando la esnifas. Por eso yo no la fumo. No sé cuánto aguantaré, pero sé que el día que lo haga también yo habré convertido mi vida en una pipa a la que aferrarme con todas mis fuerzas.
Me bajo del coche. Siento el barro bajo mis pies. Hice bien poniéndome las botas. No me había quitado el plumas mientras conducía, así que siento una punzada de frío atravesándome e invadiendo mi cuerpo nada más poner un pie en el suelo. El olor que llega hasta mí es indescriptible. La zona está llena de excrementos humanos y basura. No importa cuántas veces lo haya sentido: nunca me acostumbro a este olor. Cada vez que lo huelo me juro a mí mismo que esa será la última vez que lo haga. Pero nunca lo es. También hay una tienda de campaña montada en un rincón. Supongo que es de alguien que un día decidió que esa era la mejor manera de tener siempre cerca la droga: vivir en un poblado gitano, aunque sea rodeado de excrementos. Atravieso el parking lo más deprisa que puedo, esquivando excrementos, barro, jeringuillas, y todo tipo de objetos abandonados a su suerte: prendas de ropa, trozos de madera, zapatillas, papeles…de todo.
Continúo con mi descenso hacia el infierno. Salgo del parking y giro a la derecha. Allí hay siempre 2 personas: una que está permanentemente vigilando la carretera que atraviesa el poblado, y otra persona a la que no veo y que permanece detrás de una enorme verja de metal. Detrás de esa verja está la chabola a la que voy. Cuando me ve llegar, el vigilante me reconoce y grita una palabra ininteligible para mí e inmediatamente oigo cerrojos abriéndose. La verja se desliza ante mí: tiene un grosor increíble. Creo que haría falta utilizar explosivos o algo así para poder forzarla. Atravieso la verja, y entonces veo a la persona que permanecía oculta tras ella: esta encorvado mirando hacia el suelo, lo que me impide ver su rostro, y lleva un grueso abrigo. Tan sólo acierto a ver su pelo: está muy sucio, acartonado. No le digo nada y dejo la verja atrás, mientras hasta mis espaldas llega el sonido de los cerrojos volviéndose a cerrar con fuerza. Me hielo de frío.
Todavía no he llegado a la chabola: ahora estoy en una especie de patio descubierto, sin techo. Lo atravieso y llego a otra puerta de metal. Está abierta. La cruzo. Ante mis ojos aparece un pasillo estrechísimo y largo, y con el techo muy bajo. Mido 1.86, así que tengo que agacharme para que mi cabeza no lo golpee. La única luz que lucha contra la oscuridad que domina la estancia es una bombilla maltrecha que se mantiene a duras penas colgada del techo. Nada más entrar en este pasillo, oigo la respiración de alguien muy cerca de mí y entonces me doy cuenta de que justo detrás, en un rincón del pasillo, hay una persona sentada en una silla, con la cabeza a la altura de las rodillas, inmóvil. Siento lástima por él. Siempre que entro aquí pienso lo mismo: cómo sería la vida de estas personas antes de llegar a convertirse en los muertos vivientes que son hoy en día. Y que, tal vez, también yo un día terminaré así. Me gustaría ayudar al que está sentado en la silla, pero no hago nada y sólo paso de largo y avanzo por el pasillo, deprisa. Al final del pasillo hay otra puerta abierta, también de metal y de un grosor increíble y, junto a ella, otra silla y otra persona sentada sobre ella, que sostiene entre sus dedos una bolsita blanca de plástico que contiene cocaína.
El sistema de puertas y verjas está diseñado de tal forma que, en caso de que detectasen a algún policía vestido de paisano, cerrarían todas y el policía quedaría aprisionado dentro, entre varias puertas de metal. Después probablemente lo matarían. Es un auténtico búnker.Atravieso esta nueva puerta, y llego a una pequeña habitación. Aquí hay 5 personas , todas sucias y mal vestidas. Algunos están apoyados contra la pared, otros están sentados en el suelo, con la cara oculta apoyada en las rodillas. No se oye nada, nadie habla. Sigo avanzando. De nuevo, otra puerta, de nuevo metálica y de nuevo de un increíble grosor. Cada puerta es como un nivel más de seguridad. Como si fueran compartimentos estancos. La atravieso, y al fin llego a mi destino.
Esta habitación es la estructura más grande que he visto desde que atravesé la primera verja. Tendrá unos 50 metros cuadrados.
Dios, por fin dejo de sentir el frío paralizante, cruel y sin compasión que llevaba hiriéndome sin piedad desde que salí de casa. Hace calor. Puedo sentirlo. Dejo que recorra todo mi cuerpo. Busco con la mirada la fuente de este calor tan anhelado por mí, y veo que procede de una estufa de leña bastante grande de la que por la parte superior sobresale un tubo que se pierde detrás de una pared. Nunca había visto una estufa como esa. Parece de otro siglo, de otra época. Me recuerda a la estufa que salía en la película “Pesadilla en Elm Street”, donde Freddy Krugger guardaba siempre sus zarpas de metal. Pero irradia el calor más reconfortante que jamás haya sentido.
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