18 abr 2010

FINAL

Voy a hacerte caso, Voz. Voy a darte lo que quieres. Saco un paquete de tabaco de mi bolsillo y le quito con manos temblorosas el plástico que recubre la mitad inferior del paquete. A continuación, coloco el plástico encima de la cocaína y los papeles del coche, saco un mechero del bolsillo y lo pongo encima del plástico, apretándolo y de esa forma extendiendo la cocaína que hay debajo hasta dejarla convertida en una capa muy fina prácticamente pegada a la documentación del coche. Guardo el plástico del tábaco y el mechero, saco la cartera, saco una tarjeta de crédito y le doy a la cocaína la forma de raya que todos conocemos. Es una raya enorme. La divido en 3 rayas más pequeñas. Amo este ritual. Forma parte de mi vida. Saco un papel de la cartera, lo enrollo y acerco mi rostro a los papeles del coche. Aguanto la respiración para así no exalar aire por la nariz y que no vuele ni una sola molécula de cocaína fuera de la carpeta que contiene los papeles del coche. Me tapo el agujero izquierdo de la nariz con el pulgar de mi mano izquierda, mientras con la otra mano sujeto el papel enrrollado. Por fin, el momento ha llegado: por fin desaparecerá el dolor: olvidaré mi soledad: llenaré el vacío que habita mi alma con polvo blanco. Aspiro con fuerza por la nariz y siento como la cocaína la atraviesa a toda velocidad: en un segundo puedo sentirla ya en la garganta. Pestañeo, aprieto los ojos, me lloran un poco. Debo de tener las glándulas lacrimales dañadas por la cocaína, porque me sucede a menudo. Limpio las lágrimas con el dorso de la mano.

Quizás no sea por la cocaína. Quizás sólo son lágrimas.

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